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El decano

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BostonCorrer el Maratón de Boston es un ejercicio de sabiduría atlética, una travesía a los orígenes del fondista vocacional. No hay una carrera en el mundo donde tradición y modernidad se abracen en tan mágica sintonía. Nacido en 1897 y organizado por la Boston Athletic Association, la prueba de 42,195 km más antigua que existe es fiesta de guardar para todos aquellos que conciban el running como algo más que mover piernas y corazón al tiempo que los excesos de la vida diaria se diluyen por el sumidero de nuestros poros. Correr como forma de vida y Boston como centro de peregrinación. En Estados Unidos hay dos tipos de corredores de larga distancia: los maratonianos y los Boston qualifiers, es decir, aquellos que en alguna competición previa han conquistado un registro (lógicamente varía según el grupo de edad) que les da derecho a plantarse a los pies de la iglesia de Hopkinton, el punto de inicio de una aventura rebosante de veracidad deportiva.

Hasta allí habrán llegado apretujados en autobuses escolares como los de las pelis (¿quién no ha sentido desde niño la inmensa necesidad de subirse a uno de ellos?); el proceso de embarque en el Boston Common -parque principal de la ciudad- es digno de un premio a la excelencia logística. Una vez el tiro de salida rompe la quietud del cielo de Massachusetts se trata solo de gozar. Y sufrir, sí, pero ambos términos son sinónimos para un runner.

Un trazado en claro descenso (sales a más de 400 metros de altitud y recibes la medalla de finisher casi a nivel del mar) a través de la campiña de Nueva Inglaterra, sobre el desgastado asfalto de la Ruta 135, amenizado por el milagro de la primavera, las elegantes residencias junto a la calzada y el numeroso público apostado con el propósito de ofrecer aliento (y comida, bebida, servilletas…) a las decenas de miles de locos que con cuatro imperdibles han prendido un número en su camiseta. El bullicio llega a su punto culminante a la altura del kilómetro 20, el Wellesley College, una prestigiosa universidad femenina cuyas alumnas, fieles a la tradición, construyen cada Patriots Day (tercer lunes de abril, fecha fija de la carrera) el ensordecedor ‘Túnel de gritos’, máquina humana de decibelios que hace subir el ánimo de los desbrozadores de zapatillas casi tanto como los besos que regalan las jóvenes a quienes no tienen reparo en perder una decena de segundos deteniéndose a un costado del circuito.

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BostonNo sobra tan efusivo apoyo, pues, aunque escrito está que el perfil es favorable, no significa que el viaje esté exento de ondulaciones, tachuelas no demasiado antipáticas que añaden algo de pimienta a los cuádriceps. La más reputada de todas nos saluda nada más pasar el hito kilométrico número 32: Heartbreak Hill. No es tan fiero el león como lo pintan, pero sucede que la atacamos con el organismo bajo mínimos, tras haber superado ya las tres primeras cuestas de las llamadas Newton Hills (comienzan en el kilómetro 26), lo que convierte los 27 metros de desnivel ganados en una suerte de muro infranqueable (la realidad dice que todos los Majors, excepto Chicago, poseen al menos una ascensión mucho mucho más dura que “La colina rompecorazones”.

Una vez solventada queda renovar la pasión por alcanzar la meta y, ya en la ciudad, tras virar a la izquierda en la última de las escasísimas curvas reales del evento -la de la estación de bomberos de Boylston Street- guardar un latido de silencio por las víctimas del atentado de 2013, ya besando la línea amarilla y azul pintada en el suelo, junto a la Biblioteca Pública de Boston. Desde ese día negro el lema Boston Strong inunda camisetas, vallas y banderas cuando el sonido de las pisadas regresa para silenciar el de las bombas.

Con el deber cumplido queda entregarse a las bondades de una urbe donde la cultura es seña de identidad (Harvard y el MIT a tiro de metro desde el centro), multiplicar las agujetas paseando por Little Italy, Beacon Hill o Charlestown, dejarse caer por el Garden si tienes serte y juegan los Celtics o, simplemente, disfrutar de una cerveza en la barra de Cheers o de una hamburguesa bien cargada en la Bukowski Tavern.

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